A VUELTAS CON LA PLAZA DE ESPAÑA

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Gracias a las gestiones realizadas por varios miembros de la Junta Directiva de la Asociación Española de Paisajistas, pude asistir el pasado jueves 11 de febrero a una de las sesiones de trabajo que el Ayuntamiento de Madrid está organizando en torno al proyecto de remodelación de la Plaza de España. Las sesiones se enmarcan dentro del proceso de participación pública puesto en marcha por la Delegación de Participación Ciudadana y Transparencia, para decidir si se sigue adelante con el concurso de ideas para definir el proyecto de remodelación correspondiente. La cuestión tiene bastante tela para cortar, ya que se supone que la idea parte de obscuros intereses para dotar de aparcamientos y suelo comercial complementario a los dos famosos y emblemáticos edificios allí presentes (curiosa­mente algunas de las propuestas pasan por derribarlos), así como algún hotel que está a punto de iniciar su construcción. La sesión tuvo lugar en la sede del colegio madrileño de arquitectos.

Conozco bastante el lugar pues nuestra oficina se encuentra a escasos metros de la Plaza. De todas formas me di una vuelta extra, por aquello de refrescar las ideas y disponer de algo intere­sante que decir en el debate. Era la primera vez que nos invitaban, pues el proceso ya lleva tiempo coleando, y debía dejar el pabellón bien alto. No hace falta darse muchas vueltas por allí para ver el problema del lugar: la de gente que no para de darle vueltas, pero en coche. De ahí lo de “a vueltas con la Plaza de España”. Original que es uno. Lo primero que me vino a la cabeza fue ¿cómo se dirá rotonda cuando el espacio interior entorno al que decenas de miles de vehículos dan y dan vueltas y vueltas, es rectangular en lugar de circular? Todavía no lo sé. Rotonda en italiano significa “redonda”, así que estamos, probable­mente, ante una “rettangolare”: plaza rectangular rodeada de calzadas de muchos carriles transitadas diariamente por decenas de miles de vehículos contaminantes. Evidentemente cualquier actuación debería comenzar por un plan claro y decidido de reducción y pacificación del tráfico. Sería lógico, sobre todo tras los habituales episodios de híper-contaminación atmosférica que padece la ciudad. Pues parece que no van por ahí los tiros. Pero no adelantemos acontecimientos, y veamos primero nuestra propuesta para el debate.  Los paisajistas nos debemos al Paisaje, que es el lugar. A nosotros también nos pide el cuerpo parir ideas brillantes, pero siempre bajo la inexorable obediencia a las exigencias del lugar. Por eso el Paisaje es la mejor herramienta posible para el desarrollo inteligente, sano, sereno y sostenible, como se ha demostrado desde hace más de siglo y medio allí donde se lo creen. Desde este punto de vista, la remodelación de la plaza (y su entorno, sin el cual nadie entendería la actuación) puede ser una oportunidad fantástica para iniciar el uso del Paisaje como herramienta de decisión y de diseño, en lugar de utilizar el paisajismo como maquillaje post-constructivo de escasa, cuando no ínfima, repercusión en la mejora de la sociedad. Para nosotros el Paisaje no es la postal de un lugar. Es la síntesis de todo lo ocurrido y vivido en él, de su historia y sus historias, de todo lo bueno y lo malo que le haya podido pasar; y, por supuesto, también de los necesarios anhelos y deseos sin los que no sería posible seguir escribiendo muchas páginas más de nuevas historias y vivencias. Somos, en buena medida, consecuencia de lo que nos rodea, y así como nosotros tratemos a nuestro entorno, así será nuestra vida. En este caso el Paisaje del lugar nos lleva de inmediato a pensar en un Paisaje anhelado, pues el actual es manifiestamente rechazable por insalubre, entre otras muchas razones. ¿Cuál es ese Paisaje anhelado? Para empezar el de una ciudad que respira para que sus ciudadanos puedan volver a respirar (algo ausente en todo planeamiento desde los años cincuenta del siglo pasado), una ciudad en la que los sistemas naturales vuelvan a realizar las funciones que en su día se les arrebataron y se sustituyeron por miles de toneladas de hormigón, acero y asfalto. Una ciudad verde, porque el gris es ya excesivo (algunos piensan que el gris es el color de la mediocridad, incluida la RAE) en la que la vida fluya por todos sus poros, incluidos los de la actual losa impermeable sin solución de continuidad que ahora cubre la ciudad como una alfombra totalmente opaca a la supervivencia. Una ciudad alegre, viva, serena, segura y limpia, de la que se quiera disfrutar en todo momento, y no salir corriendo cada vez que el calendario laboral deja algún hueco, por pequeño que sea, aun con el riesgo de dejarse la vida en la carreta y no volver nunca más a poner sus pies en ella. Y todo eso, todo, es posible. Y lo sabemos. Y lo saben. O deberían.

Pero no era lo que querían oír. Aunque hay una encuesta supuestamente vinculante y un activo plan de participación pública (el ochenta por ciento del tiempo del debate se dedicó a discutir sobre él y no sobre las necesidades de la Plaza y de su entorno, y sus posibles soluciones), también es verdad que hay publicado un calendario con el lanzamiento del concurso. Y en el colegio de arquitectos, donde se celebraba el debate, se defendió con vehemencia por su decano la necesidad del concurso. La verdad es que viendo el pedazo de edificio que ocupan como sede, no me extraña que deseen con locura más movimiento proyectual. Veamos algunos detalles de la encuesta para entender mejor el porqué de tanta discusión acerca del propio sistema de participación.

La primera pregunta es: ¿cree necesario reformar la Plaza de España? Ya he comentado un poco acerca de su estado actual y el de su entorno más inmediato. Evidentemente la respuesta mayoritaria será un sí. A partir de ahí, se lanza el concurso, maquillado con algunas notas al programa sacadas de la encuesta para acallar a los maliciosos, y poder poner en marcha una obra de más de cuarenta millones de euros.

No sé si la ubicación de esa pregunta como la primera de todas responde a la lógica del proceso de participación, o a las ganas de poner en marcha algo, lo que sea, para lanzarlo sí o sí. Supongamos que se hace una encuesta a todas la madres y padres, empezando con la pregunta: ¿quiere usted lo mejor para sus hijos? No creo que haya dudas sobre la respuesta mayoritaria. Así que a continuación viene la siguiente pregunta: Como para garantizar lo mejor para sus hijos hay que acabar con el ISIS, ¿cómo prefiere que sus hijos viajen a Siria a luchar contra ellos? ¿En autobús? ¿En auto stop? ¿En avión, a pesar del coste?

Lo del coste lo digo porque en algunas de las preguntas de la encuesta, curiosamente sobre las que tienen que ver con una drástica disminución de la presión de tráfico privado que soporta la Plaza, se añade la coletilla “a pesar del coste”. Como alguien apuntó en el debate, ¿es que los otros cuarenta millones no tienen coste?

Que se haga o no un concurso para remodelar la Plaza, con más o menos árboles, con Cervantes o sin Cervantes, con kiosco de música o sin él, con bancos de madera o de piedra, con mucho diseño icónico o no, es lo de menos en este asunto. Dado el presupuesto que se maneja, no van a faltar excelentes candidatos en el concurso. Incluso hasta Calatrava puede que se apunte. La verdad es que no es un trabajo fácil, dado el conjunto disjunto de edificios que conforman la plaza. Quizá la mejor solución fuera un bosque impenetrable que fuera capaz de aislar al usuario de la Plaza del entorno que le rodea. Pero eso tampoco será posible. La Plaza ya tiene un aparcamiento subterráneo que ocupa la mitad de su superficie, y se proponen ampliarlo y completar el uso del subsuelo con un centro comercial. Como si estuviéramos en Montreal a veinte grados bajo cero. En lugar de pensar en una ciudad más calmada, en la que poder disfrutar de sus comercios al aire libre, respirando, paseando, tomando el sol aunque algunos toleren la lactosa, y dejando que el suelo de los espacios libres se ocupe por árboles en lugar de por losas de hormigón. Eso implica pensar en un proyecto de ciudad y no en ir montando una ciudad de proyectos. (La frase no es mía, pero es muy cierta para casi todas nuestras ciudades)

Hemos apostado por la ciudad compacta. Sobre todo por aquello del ahorro en el recorrido del camión de la basura. En realidad nos hemos pasado un poco, y hemos construido ciudades híper-compactas sin el más mínimo respeto por el lugar que se iba ocupando, y sin el más mínimo pensamiento sobre las consecuencias para sus habitantes. (Creo que el último estudio de salud pública que acompaña a un plan urbano, lo adjuntó Cerdá para el primer ensanche de Barcelona) Y lo del respeto por el lugar lo dice la propia ETSAM en un trabajo: “Las nuevas áreas de crecimiento de la ciudad en fase de construcción o de planificación se caracterizan por una recurrente ordenación en cuadrícula, a modo de tejido de ensanche, que no traduce condiciones previas del terreno como la topografía, presencia de vías pecuarias, arroyos, que se resuelven con excesiva rigidez”. Lo de “no traduce condiciones previas del terreno” es una manera elegante de decir: absoluto desprecio por el Paisaje del lugar. (Paisaje entendido como hemos descrito más arriba)

El caso es que estas ciudades híper-compactas solo tienen dos caminos: la asfixia de sus ciudadanos o la cuasi eliminación del tráfico. Y lo bueno de su híper-compacidad es la facilidad con que puede resolverse la movilidad sin el automóvil. Entonces, ¿por qué ese temor a ponerse decididamente a trabajar para reducir el tráfico de una vez por todas? (recuerden: “a pesar de su coste”)

Ampliar aparcamientos en el centro de la ciudad no parece ir en esa dirección. Y peatonalizar algunas calles tampoco. Solamente derivan el problema a otras calles. Hay que crear un sistema de movilidad que haga absolutamente innecesario el automóvil en la ciudad. No prohibirlo, sin más. Algo que la ciudad híper-compacta permite fácilmente y exige desesperadamente. Y una vez pensado, invertir los primeros cuarenta millones en el entorno de la Plaza de España. Con un plan para toda la ciudad. Un calendario y, si quieren, todos los concursos de ideas que les apetezca convocar. Pero luego.

Una ciudad como Madrid no puede llevar ese plan a cabo aisladamente. Como se dice ahora, es una conurbación de muchos millones de personas, en la que todas las administraciones deben participar conjuntamente. Por ejemplo, el Ministerio de Fomento anunció inversiones por valor de 5.000 millones de euros (una pasta) para la mejora de la red de cercanías de Madrid entre los años 2009 y 2015. Dado que estamos en 2016, debería estar completado. Lo desconozco. Pero es evidente que un plan así debe estar acompañado de un plan de movilidad sostenible, que incluyera, por poner un ejemplo, una estación intermodal bajo la Plaza de España. Un ejemplo muy aventurado, pero también extrapolable a cualquier otro punto de la ciudad. El tren tiene una velocidad y capacidad de transporte muy superior a la del metro cuando las distancias son largas. Y completado por un sistema de autobuses urbanos no contaminantes con recorridos optimizados que eviten el solape de gran número de líneas. Son tres escalas diferentes de sistemas de transporte que deberían estar conjuntamente pensados por todas las administraciones involucradas, en un mismo plan cuyo objetivo fuera la clara prescindibilidad del automóvil privado en un plazo inferior a diez años. Desconozco si existe algo parecido. O si hay alguna intención de hacerlo. El caso es que ampliar los accesos y las plazas de aparcamiento bajo la Plaza de España es incompatible con ese plan y, además, sería un nuevo error a añadir a la lista esa de errores cometidos hace veinte o treinta años y de los que siempre nos estamos lamentado y prometiendo no volver a repetir.

En el fondo no es más que una exigencia por la supervivencia. Suponiendo que pensemos en ciudades compuestas por algo más que solares edificados o por edificar y espacios intersticiales asfaltados para ir en coche de uno cualquiera de esos edificios a cualquier otro. Es decir, suponiendo que, además, en la ciudad hay personas. Y que, por avatares del curioso proceso evolutivo, necesitan respirar para vivir. No lo digo yo. Lo dicen los ambulatorios, las clínicas, los hospitales y las páginas de esquelas.

Con motivo de la Cumbre Parisina sobre cambio Climático, todo el mundo tuvo que escribir al respecto. Fue un éxito. Después de veintiuna cumbres, por fin se acordó una reducción en el uso del carbón como combustible. Una curiosidad interesante es ver cómo ha evolucionado la producción de carbón en USA y Europa a lo largo de los treinta y tantos años y más de veinte cumbres que han sido necesarias para acordar algo al respecto. Curioso. Y como tras el acuerdo el precio del carbón ha bajado, algunos países aprovechan para incrementar su consumo. Qué malvados. Por cierto, España lo ha incrementado en más de un veinte por cien. Curioso.

El caso es que uno de esos artículos escritos para acuciar al acuerdo, procedía del World Economic Forum, que con ese nombre es indudable que impone mucho. El artículo comparaba el consumo de combustibles fósiles en el transporte privado de dos ciudades de, más o menos, el mismo número de habitantes: Atlanta y Barcelona. Con una clara intención de demostrar las maravillas de las ciudades compactas (el autor del artículo es paisano nuestro) hace notar que el transporte privado en Atlanta produce seis veces más CO2 que el de Barcelona. Claro que Atlanta es doce veces más grande que Barcelona. Si la cosa hubiera quedado en estos datos, no habría nada que objetar. Supongo que serán ciertos. Pero en un alarde por loar las maravillas de nuestras ciudades híper-compactas, afirmaba que este tipo de ciudades eran, además, más saludables. Como no aspiro a presidir el Gobierno ni a doctorado alguno en ciencias políticas, puedo permitirme el lujo de usar mi conciencia y mi gusto por la filosofía crítica, por aquello de disponer de algún criterio. Y, evidentemente, no me creo que las ciudades híper-compactas sean más saludables. En el fondo sí, pero luego lo aclaro (Viejo truco para conseguir atraer la atención del lector hasta el final del artículo)

El gran maestro de la Ecología, Don Ramón Margalef, gustaba mucho del uso de indicadores para acceder a información del ecosistema que de otra manera era más compleja, aunque no imposible, como le pasaba a Heisenberg. Y un indicador bastante bueno para conocer el estado de la salud pública urbana es, por ejemplo, el porcentaje de padecimiento de asma infantil. Atlanta es conocida por ser una de las ciudades americanas con el índice más alto de asma infantil. Es más, la Asociación Americana de Asmáticos desaconseja esta ciudad para sus asociados. El nivel es del 9%. En nuestras ciudades más grandes, híper-compactas y, supuestamente, más saludables, el índice, según la Sociedad Española de Neumología, roza el 12%. No todo es producir CO2. Hay unos bichos llamados árboles cuya función más elemental es captar CO2. Y como Atlanta es doce veces más grande, y además, es conocida como la ciudad bosque, el aire no es peor que el de nuestras grandes ciudades.

La gran diferencia entre ambas ciudades, o tipo de ciudad, es que para las nuestras es muy fácil conseguir un bajísimo nivel de contaminación y una vida mucho más saludable. Lo primero por la comentada prescindibilidad del automóvil, con ayuda de las administraciones correspondientes, y lo segundo porque con un aire más limpio y una compacidad extrema, se puede caminar en más de la mitad de los trayectos que se realizan en la ciudad. Y eso sí que es vida. Un lujo de vida.
Corolario:

Teniendo, como tenemos, la posibilidad de vivir en algunas de las ciudades más sanas y vitales del planeta, seguimos empeñados en rodearnos de cuanto más humo mejor, de cuanto más ruido mejor, de cuanto más sudor mejor  y de cuanta más agresividad mejor. Y el equivocado camino que está tomando la idea de remodelar la Plaza de España, incrementando aparcamientos como gran solución, no parece que vaya a contribuir a invertir la tendencia. Ni siquiera a desviarla mínimamente. Porque el problema no está en la Plaza; ni siquiera en su entorno inmediato. Está en el modelo de ciudad al que hemos llegado. Y la herramienta para empezar a cambiarlo, para alcanzar el anhelado sueño de una ciudad serena, saludable, verde, vital, rica y alegre, lo tenemos muy cerca: se llama Paisaje.

Imágenes: Smart Growth El Paso, Smart Growth in the Souteast

 

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