¿ECOSISTEMA URBANO?

Nunca he entendido esa obsesión por identificar a las ciudades como ecosistemas urbanos. Ni siquiera como metáfora para abordar los serios problemas que padecen sus habitantes. Es más, el uso de ese término puede llevar a confusión, ya que al identificar la ciudad como ecosistema, se sigue una visión de la misma más amable y “ecológica” de lo que realmente es: un inmenso sumidero de energía, nutrientes, recursos y muerte, incapaces, al menos tal como las hemos planificado, de equilibrar lo más mínimo su balance. Es decir, son la antítesis de un ecosistema, el cual, por definición, busca al equilibrio y tiende al climax, disponiendo para ello de herramientas, como la resiliencia, de gran utilidad si se ve afectado por algún desajuste. Evidentemente, cuando se superan sus límites de elasticidad y adaptación, sucumbe como tal y desaparece, dando lugar a un no-ecosistema, como la ciudad.

Además, el uso de esta falsa metáfora siempre va acompañada de la idea de que la biodiversidad es la mejor solución para resolver los problemas urbanos. Veamos algunos de ellos: cientos de miles de personas mueren todos los años por causas directamente relacionadas con la polución urbana. Decenas de miles de personas mueren todos los años por causas directamente relacionadas con las olas de calor urbanas. Y otras muchas por causas indirectas de difícil correlación directa con el calor. Todos los años millones de metros cúbicos de agua, precisamente donde más falta hace, son evacuados por la completa impermeabilización de las ciudades. Y otras causas como el ruido, el calor nocturno, el estrés y el tráfico desquician a millones de personas causándoles costosas enfermedades mentales y alteraciones psíquicas.

¿Realmente alguien se puede creer que vamos a resolverles todos esos males incrementando en las ciudades el número de pájaros, insectos  y mariposas?

Es cierto que aquellas ciudades con mejores índices de biodiversidad también lo son en calidad de vida y salud pública y ambiental. Pero no es el incremento de la biodiversidad lo que las ha llevado a esa mejor situación, sino que una mejor planificación y buenas prácticas de gestión han permitido el incremento de la biodiversidad.

Si realmente quieren ayudar a quienes padecen y sufren los graves problemas urbanos, comiencen por permeabilizar urgentemente las ciudades para que no se pierda ni una gota de lluvia; llenen las calles de árboles, pero cambiando el modelo de “tamaño de árbol adaptado a las ridículas dimensiones de la acera” por el modelo “acera de ancho suficiente para dar cabida al árbol más grande que quepa en la calle”. Utilicen las cubiertas y terrazas para laminar el drenaje pluvial. Cambien las explanadas de aparcamiento completamente asfaltadas por bosques. Expulsen de las ciudades a los automóviles con motores diésel. Recuperen los cauces urbanos transformados inconscientemente en calles. Construyan espacios verdes donde realmente los necesita la gente y no donde menos negocio puede hacer el promotor de turno; y conéctenlos entre sí y con el entorno de la ciudad. Y etc., etc., etc.

Cuando hayan completado todas estas acciones, la Naturaleza, que no solo no es tonta, sino que es mucho más inteligente que nosotros, inundará las ciudades incrementado la biodiversidad. Pero si no la hacemos primero saludable y habitable para los humanos, de nada servirá forzar a la Naturaleza a conquistarla de manera antinatural.

Ya sé que cuestiones como la resiliencia urbana, la sostenibilidad urbana, la biodiversidad urbana y la renaturalización urbana mueven mucho dinero; pero infinitamente menos que la factura sanitaria y el coste de reconstrucción tras inundaciones y otros desastres tan habituales, que en lugar de desastres naturales habría que denominarlos desastres provocados por nuestros desastres urbanos e industriales.

Si no queremos que nuestras ciudades  acaben siendo habitadas tan solo por zombis y muertos vivientes, incapaces de pagar la factura del daño generado por nuestras ansias de, curiosamente, vivir mejor, dejémonos de forzadas alegorías  y pongámonos de una vez las pilas. La gente se lo merece.

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