EL PAISAJE EN UN ADOQUÍN

torrent_adqEl Paisaje Urbano es tema habitual de discusión en muchos foros, en los que, incluso, se discute acerca de su propia existencia; pero como siempre que se habla de Paisaje, todo es según el color del cristal con que se mira. Si aceptamos el significado de Paisaje como interacción del clima, suelo, relieve, vegetación y fauna, difícil lo tenemos para hablar de paisaje urbano, pues más bien es el resultado de una interacción de hormigón, asfalto y ladrillo cara vista, tras arrasar con el clima, el suelo, el relieve, la vegetación y la fauna. Pero si entendemos el Paisaje como la capacidad que tiene nuestro entorno para comunicarse con nuestro estado de ánimo, la cosa en sí cambia, y mucho. El Paisaje es una de esas cosas que heredamos más allá de la azarosa combinación de aminoácidos. Pertenece a la cultura y, por tanto, solo se hereda si se enseña, se aprende, se entiende y se usa. Hay que comprender que su origen es estético (lo pintoresco, ancestro del paisaje, era tanto lo digno de pasar a una tela como el recuerdo de un cuadro, que hoy inmortalizaríamos con nuestro Smartphone) y que depende, por tanto, de un juicio personal condicionado por nuestra cultura y nuestros sentimientos. Entre ellos, la nostalgia juega un papel muy importante, más allá de nuestra propia experiencia vital. Los muros de piedra seca, por ejemplo, que durante años hemos arrasado con nuestras infraestructuras o nuevos asentamientos, ya que el famoso paisaje de “matorral degradado sin interés paisajístico” así lo ha permitido, nos transmiten, sobre todo cuando los adivinamos en laderas de pendientes imposibles, el esfuerzo, el sudor derramado y la tragedia de generaciones pasadas. Nuestras generaciones pasadas. Y, aunque ya no estén entre nosotros, su destrucción nos duele.

En la ciudad moderna más que encontrar paisaje, lo que tenemos que hacer es buscarlo, y lo acabamos encontrando, casi siempre, en lo que queda de antiguo en nuestras poblaciones. Aquello que se adivina construido con respeto al relieve, la proximidad de los materiales y la identidad de lugar, y que se halla, casi siempre, en lo que queda de habitable en la ciudad, a nuestra escala y no a la del automóvil. Se reconoce fácilmente. No hay que doctorarse en nada extraño. Lo notamos, lo sentimos y, si estamos de viaje, en seguida sacamos el móvil, hacemos algunas fotos y hasta las compartimos en tiempo real. Curiosamente, más que cuando lo tenemos en casa. Pero si pasamos un día y ya no lo vemos, nos acordamos de lo que había, maldiciendo a sus destructores. Pues eso es, sencillamente, el Paisaje urbano.

Todo esto viene a cuento porque estuve el otro día pisando los viejos adoquines que quedan en el casco antiguo de Torrent, amenazados por una alfombra de negro asfalto. Con la actuación prevista, así, de un plumazo, además de eliminar la identidad de ese recuerdo (es decir, del paisaje urbano) se impermeabiliza y se incrementa la temperatura en un lugar con más de tres mil horas de sol al año. Aunque eso es otro cantar. Catalogamos algunos edificios, algún árbol que por casualidad no hemos talado y que han adquirido un gran porte y, rara vez, algún jardín. Pero nunca el conjunto (salvo lo incluible como Patrimonio de la Humanidad en los listados de la UNESCO). Y así, catalogando elementos aislados sin conexión vital entre ellos, desaparece lo que les une, ya sea un camino, unas calles o, sencillamente, su pavimento, que es lo que queda del Paisaje urbano. Perderlo es perder un inmenso catálogo de recuerdos, sentimientos e identidades, porque muchas veces podemos encontrar más Paisaje en un solo adoquín que en todo el valle de Ordesa.

Artículo Original Publicado en la Edición de L’Horta del Diario Levante EMV, el 22 de Abril de 2016

Facebooktwitterpinterestlinkedinmail