VIVIR EN VALENCIA Y NO MORIR EN EL INTENTO

Dicen por ahí que Rita Barberá nos echó una maldición justo antes de abandonar el Ayuntamiento: que el calorét os pille confesáts! No sé si será por eso o, sencillamente, que los anticiclones, las corrientes saharianas y el cambio climático se han aliado para hacernos pasar un mes de julio que ni los más viejos del lugar recuerdan.

Lo peor no son las altas temperaturas, sino la sensación de que han venido para quedarse, acompañadas de los aditamentos que aporta una ciudad pensada para muchas cosas menos para vivir en ella. En realidad las temperaturas no son excesivamente altas, pues están en torno a los treinta y pocos grados, y aunque la humedad incrementa la sensación térmica, son otros los motivos por los que, hasta los más cultos y educados, no paran de decir eso de joder hace un calor de la hostia!

Vayamos por partes, que es como se lavaban antes.

Aditamentos para un más mejor disfrute del calorét urbano: cientos de miles de metros cuadrados de negro asfalto acumulando calorét a destajo, convenientemente apoyados sobre una impermeable losa de hormigón, acompañado de otros muchos miles de metros cuadrados de aceras también convenientemente apoyadas sobre una impermeable losa de hormigón, y más metros todavía de azoteas que, por el bien de los vecinos del último piso, mejor que estén bien impermeabilizadas. Todo ello a pleno sol, salvo una muy escasa parte de todo ello a la que le llega la sombra de unos árboles que prefieren suicidarse y tirarse al suelo antes que seguir viviendo en tan lamentables condiciones.

Esta primera parte garantiza, por sí sola, la total eliminación inmediata de cualquier lluvia que el cielo (nunca mejor dicho) nos quiera enviar. La lluvia, ese maravilloso invento de la naturaleza del que los hacedores de ciudades se olvidan, salvo para evacuarla, y que es imprescindible para la vida. Creo que no lo olvidan porque en realidad ni lo piensan. Solo ven la ciudad como un conjunto de solares entre los que se deja espacio para poder ir en coche de uno de esos solares a cualquier otro. Y algún retal de verde puesto por imperativo legal, en los huecos que nadie quiere para edificar y sin la más remota intención de conexión o relación con el resto de los retales verdes colocados por obligación. Luego volvemos a ello.

Luego están los complementos mecánicos: más de doscientos mil automóviles con su corazoncito de explosión a unos cien grados de temperatura, sus expelidos humos a no menos temperatura y otros tantos (o más) aparatitos y aparatazos de aire acondicionado con sus correspondientes compresores funcionando a toda máquina.

Hay también algunos complementos funcionales que ayudan a soltar de vez en cuando el improperio anteriormente expuesto. El más agradable de todos es el guantazo que te van dando los compresores de los aparatos de aire acondicionado situados sobre la puerta de los bajos comerciales. Incluso algunos los montan al lado de la puerta para que te dé más de lleno. Y, con todos mis respetos a tan honorable oficio, como sea el de una pescadería, mejor das la vuelta y te duchas de nuevo. Todos ellos tienen unas rejillas de ventilación perfectamente dirigidas hacia el peatón. Supongo que es para que no les entre el agua cuando llueve, pero ya podrían dirigirlas hacia arriba y si les entra agua que les pongan otra cosa.

Y para terminar el cóctel están los olores. Ese reclamo tan turístico de nuestra ciudad. A cloaca dicen nuestros visitantes que huele la ciudad. Un poco exagerado quizá, aunque los intentos de que la ciudad oliera a azahar no tuvieron mucho éxito. Y no por culpa de los naranjos. Ah! Un último detalle: casi doscientos mil perros meando en la calle tres o cuatro veces al día. Ya sé que hacen mucha compañía y que, afortunadamente, el tamaño del perro ya no es inversamente proporcional al tamaño de la abuelita que lo pasea. Y que se va incrementando el número de ciudadanos que recogen las caquitas de sus perrazos. Pero el pisum de gós (que no es un nuevo perfume de Hermès) se queda en la acera, macerando a pleno sol con el calorcillo de los pavimentos impermeables. Todo eso bien mezcladito en una ciudad que no ve ni por asomo la lluvia en verano y que dejó de baldear calles y aceras porque el agua de las cubas no era potable. Joder, pues que le echen una pastillita de cloro a cada cuba. Digo yo, con perdón.

Por cierto, no me explico que nadie haya inventado algún artilugio para que los perros lo hagan en casa. Una especie de pequeño plato de ducha con un palo; sí, un palo! No creo yo que el váter se inventara porque multaban a la gente por mear en la calle. En fin, todo llegará. Tan solo espero que tras la moda de tener como mascota (sí, se dice mascota) a un cerdo vietnamita (con perdón) no se ponga de moda tener como mascota a un hipopótamo.

El caso es que todo lo dicho anteriormente convierte un calor soportable en un insufrible calor asfaltoso. Calor de asfalto con complementos pastosos. Asfaltoso.

Ni siquiera sirve ya eso de salir prontito de casa. Nada más abrir la puerta del patio te recibe con una bofetada el ambiente urbano. Y ver a la gente, sobre todo a la más mayor, jadeando y casi sin poder andar, camino de donde sea que corra un poco el aire, me pone ya de mala leche. Porque es, como veremos luego, perfectamente evitable. Ya no necesito sintonizar por la mañana alguna de esas emisoras cuyo exclusivo cometido es cabrear al personal de buena mañana. Casi lo prefería, porque me reía. Con lo que veo ahora no puedo. Y me cabrea aún más.

Hace casi treinta años leí un artículo del entonces Instituto Valenciano de Salud Pública que me dejó helado: más de trescientas muertes al año estaban directamente relacionadas con las altas temperaturas. Y no todas eran de gente muy mayor con problemas cardio-respiratorios. Había de todo. En aquellos años incluso bastantes bebés. Desde entonces vivo obsesionado con los efectos que nuestro sesudo urbanismo tiene sobre la salud pública, que es la de sus habitantes. O la de los que intentan habitar. Si no hay condiciones de habitabilidad el Ayuntamiento no te deja habitar tu casa. Si la ciudad no tiene condiciones de habitabilidad, pues que te den. Curioso.

Hacer una ciudad sana y habitable no es tan complicado. Hay que contar con la Naturaleza. Y ser amable con ella. Vamos, no pensar que se está por encima de Ella, de todo y de todos. Y tener en cuenta también, cómo no, lo que durante generaciones se fue generando a su alrededor. Como decía un tipo muy sabio que además se dedicaba en parte a estas cosas, siempre hay que contar con la Naturaleza, pues te hace la mitad del trabajo y, además, ¡gratis!

A raíz del escaso interés que había por parte de los sabios dibujadores de ciudades por la salud de las personas humanas urbanas (el último trabajo sobre salud pública que acompaña a un plan de ordenación es el de Cerdá en el ensanche de Barcelona del siglo XIX) y, en parte también para ser sincero, del convencimiento de que el asma que padecía mi hijo no me encajaba a mí que tuviera mucho que ver ni con los cipreses ni con el polvo (polvo atmosférico, que estamos hablando de un crío de cinco años) hice algo tan simple como mirar para otro lado, pero con la intención de aprender, no de pasar de todo como si no fuera conmigo la cosa.

Elephant & Castle. London.

Elephant & Castle. London.

Y me encontré, entre otras cosas, con lo que estaban haciendo mis colegas de Lovejoy en un barrio de Londres, allá por los noventa del siglo pasado. Más o menos al mismo tiempo que Valencia arrasaba brutalmente su entorno, destruía sus vías respiratorias, compactaba la ciudad hasta límites insufribles, la cubría de un manto impermeable sin solución de continuidad, y no sé cuántas cosas más en pos de la modernidad y de la mediterraneidad. Mientras, como decía, veía cómo en otro sitio se empezaba trazando las vías vitales, las conexiones, el paso del aire, del cielo y de la luz, mientras los respetables equipos de arquitectos esperaban para empezar a llenar de fantásticos edificios lo que la ciudad vital les ofrecía, y no al revés, que no tiene ningún sentido.

Los famosos "fingers" en el desarrollo de Copenhague

Los famosos «fingers» en el desarrollo de Copenhague

Es solo un ejemplo de las cosas que fui encontrando. Pero aún más interesante (por no decir otra cosa) fue conocer a la gente que trabajaba en el plan de Estocolmo (también al mismo tiempo que Valencia desaparecía) inspirado en los famosos dedos verdes de Copenhague. Esos conocidos “fingers” a los que ahora dedicamos tanta atención y que, sin embargo, datan de los años cuarenta! O los trabajos de Griffin en Camberra, de hace más de un siglo. Joder, si no había que inventar nada. Tan solo aplicarlo. Y lo teníamos a huevo.

No lo digo, lo hago:

Bueno, antes de empezar hay que hacer notar un pequeño detalle: lo que inventa esta gente no es el paisaje ni los elementos del territorio que definen sus planes; lo que hacen es utilizarlos en sus planes: Ir, ver, observar, escuchar y listo.

Valencia tenía sus particulares “fingers” verdes. A modo de neurona, la ciudad estaba circundada por un camino, el de tránsitos, por cierto, con unas alineaciones impresionantes, del que salían toda una colección de caminos que iban desparramándose por todo el entorno de la ciudad, allende sus antiguos muros: camino de Vera, del Cabañal, de Moncada, de Paterna, de Burjasot, de Algirós, del Grao, de Pinedo, de las Moreras, de Picaña, etc., muchos de ellos acompañados de la correspondiente acequia del mismo nombre.

El desarrollo que debía haberse hecho teniendo en cuenta el territorio

El desarrollo que debía haberse hecho teniendo en cuenta el territorio

Ya está. No hacía falta ver más. Esa era la estructura de desarrollo. Una ciudad que habría preservado su identidad, su carácter y su paisaje. Es decir, su historia, labrada por quienes la habitaron antes que nosotros. Una ciudad que habría preservado sus vías respiratorias, imprescindible para todo bicho viviente. Que lo es. Una ciudad que sería invitada y visitada con más interés si cabe que las de los “fingers”, pues al verde del “finger”, al paseo del camino, y al aire de su entorno, se sumaría el espectáculo agrícola y paisajístico de la huerta. Creo que me estoy emocionado. Soñar es gratis, pero cuando te despiertan con una jodienda de oportunidad de ciudad así, solo queda quedarse y aguantarse.

Pero al final hicieron lo de siempre: una ronda mucho más alejada que la anterior, con estructura de autovía y nombre de bulevar (sarcasmo) llenando con espacios debidamente cuadriculados todo lo que queda bulevar-adentro, a modo de quesitos en porciones a desarrollar a su antojo por quien se presente, todo bien compactado y racionalizado por unas cuantas avenidas de sección fascio-estalinista de cuantos más carriles mejor (para circular en coche, no para cruzar, evidentemente)al tiempo que crea un muro entre la ciudad y el mar para desconsuelo de nuestros pulmones y de las redes de saneamiento, incapaces de evacuar lo que se le viene encima (literalmente) de la ya escasa vía de evacuación existente. Vamos, literalmente un merder.

El anillo con el cierre al mar

El anillo con el cierre al mar

Corolario:

Soy consciente del riesgo que corremos quienes osamos tratar determinados temas, aparentemente reservados y prohibidos. Se puede hablar de todo, hasta meterse con el Gobierno y hacer una parodia televisiva de la Casa Real; pero de una cosa, de una sola cosa, seguimos amordazados los infieles: arquitectura. Así que me permito recordar que no he hablado para nada de lo ello. De Ella. Hablo de algo que sigue ausente de nuestro ordenamiento académico y profesional. Así que a ello me aso. No quiero que me pase como al diario Público, que el otro día (parece  mentira que no lo sepan) se les ocurrió publicar un artículo con los diez edificio más horrorosos de España. La que liaron. Que si sois unos ignorantes, que cómo osáis hablar de esto, que opinar sobre arquitectura sin ser arquitecto es como meterse en un quirófano a opinar sobre lo que está haciendo el cirujano, etc. En fin, un follón de la leche el que liaron. Así que ahora creo que solo sacan las diez mejores playas, los diez pueblos más bonitos, las diez tascas más guarras, y demás listados propios del solaz verano y alejados años luz de cuestiones tan arriesgadas.

Evolución de la ciudad según yo mismo (Es del 2.003, pero sigue vigente)

Evolución de la ciudad según yo mismo (Es del 2.003, pero sigue vigente)

 

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